El concepto de espacio en los siglos XV-XVII
Desarrollo de la concepción del espacio
Luego de las ideas geniales de la Antigüedad vienen 15 siglos de oscurantismo. La nueva luz la aportaron grandes pensadores independientes como Nicolás Copérnico, Giordano Bruno, Galileo Galilei, René Descartes, Isaac Newton y Leibniz.
El sistema heliocéntrico propuesto y desarrollado por Nicolás Copérnico revolucionó las ideas acerca de la relatividad del movimiento y, por lo tanto, el cuadro de concepciones del espacio. El espacio cósmico creció hasta límites inconmensurables en contraste con la teoría del geocentrismo. El centro del universo cambió de lugar: con el geocentrismo estaba en la Tierra, con el heliocentrismo, en el Sol, y Giordano Bruno propuso un universo sin centro determinado, infinito y homogéneo. Escribía Bruno: “Al espacio lo consideramos infinito… porque no hay fundamento, cálculo o posibilidades… con los cuales se pudiera limitar y en él se encuentra un número incontable de mundo similares al nuestro que no se diferencian de éste por su naturaleza”[1].
Un hecho sobresaliente es la negación de Bruno del vacío de Aristóteles. El vacío (el espacio) para él era tan real y objetivo, tan material como los cuerpos comunes, estando de acuerdo con los atomistas Demócrito y Epicuro. Lo mismo sucedió en las demostraciones realizadas por Galileo Galilei acerca de las propiedades mecánicas del espacio y del tiempo. Sus conclusiones tenían implicaciones filosóficas como que el espacio es forma de existencia de la materia, relacionado íntimamente con el movimiento material. Demuestra la tridimensionalidad del espacio, y conjetura acerca de su infinitud. En sus demostraciones empíricas o sus mediciones concluye cuestiones físicas como la homogeneidad y continuidad del espacio y del tiempo.
Galileo demuestra las relaciones entre el movimiento, el espacio y el tiempo, y extrae sus leyes de comportamiento relativista. Con ello prepara el camino para nuevas concepciones posteriores del espacio. Estos descubrimientos fueron realizados por dos hombres sabios: René Descartes e Isaac Newton. “Sobre la base de las representaciones de Galileo de los movimientos inerciales circulares, fue construida la mecánica celeste”[2].
“Descartes consideraba que un rasgo fundamental del espacio es su extensión, además de ser homogéneo, infinito y continuo. Según su criterio, la materialidad y la espacialidad coinciden; la única y fundamental manifestación de la esencia del espacio es su extensión, como expresión de la propiedad general de los cuerpos. Sobre la base de la propiedad común a todos los cuerpos, la extensión, Descartes consideraba que los entes sensoriales, y en específico los elementos lógico-matemáticos, geométricos y las propiedades de los cuerpos expresan su esencia real. Por ello, reconocía como atributo principal de la materia la propiedad geométrica de la extensión e identificaba al espacio como la extensión de la materia. Partiendo de esta tesis, negó el espacio vacío, ya que en el caso contrario en el mundo existiría una extensión no material. Consideraba el movimiento de los cuerpos como una sustitución cíclica de lugares en el espacio, así como que el espacio y la materia eran homogéneos”[3]. Pese a ello en Descartes se presenta el dualismo en la concepción del movimiento y el espacio dado que atribuye a Dios la causa del movimiento y el reposo.
Se debe a Isaac Newton el creador de la Física clásica dado que la separó, como ciencia, de la filosofía natural, al aportar sus principios mecanicistas fundamentales. “Según Newton, el espacio y el tiempo representan un carácter objetivo. Él consideraba al espacio como un recipiente vacío para las cosas. Éste era tridimensional, continuo, inmóvil, infinito, homogéneo, isotrópico y sus partes en nada se diferenciaban las unas de las otras. Esta ‘caja infinita, sin paredes’, es como una extensión pura. Las relaciones espaciales por doquier son iguales. La geometría del espacio es universal, y ésta es la geometría de Euclides. El espacio absoluto, producto de la imposibilidad de diferenciar sus partes, es inconmensurable e incognoscible. Del espacio absoluto Newton diferencia la extensión de los cuerpos; la propiedad fundamental de los cuerpos materiales gracias a la cual ocupan un determinado lugar en el espacio, o sea, coinciden con estos lugares, es una propiedad inicial e interna. Al determinar la posición de un cuerpo en relación con otros cuerpos, Newton dio a la ciencia el término de “espacio relativo”, y escribió: ‘El espacio absoluto por su propia esencia, independientemente que no hubiera nada exterior, se mantiene siempre idéntico e inmóvil. Lo relativo es su dimensión o alguna parte movible limitada, la cual es determinada por nuestros sentidos por la posición en relación con algunos cuerpos y en la vida cotidiana, se toma como espacio inmóvil’”[4].
El tiempo, al igual que el espacio en la Física newtoniana es, también, un recipiente de acontecimientos, absoluto, uniforme y corriente del pasado al futuro, donde la marcha de los acontecimientos no influye en el curso de éste. Es unidimensional, continuo, infinito, universal porque transcurre en todas partes y homogéneo. No obstante estos errores de apreciación filosófica, Newton es un materialista por su reconocimiento, tanto del tiempo como del espacio, de su realidad objetiva. Lo mismo que del espacio, el pensador y científico, les atribuye como absolutos y relativos, son independientes uno del otro y no tienen nada en común, conservan su valor independientemente de las distancias entre los cuerpos y la producción de dos acontecimientos separados.
Asimismo, diferencia que el movimiento y el reposo son absolutos y relativos. Para él el movimiento absoluto es la traslación de los cuerpos de un lugar absoluto a otro. Así se determina su velocidad y su aceleración absolutas. Y, tanto la velocidad, la aceleración, el espacio y el tiempo, son relativos y bien no podrían coincidir con sus correspondientes absolutos. Estos criterios ambivalentes, propiciaron las críticas idealistas a Newton, sobre todo por parte del idealista Leibniz, quien proclama el carácter arbitrario del tiempo, tomando como base las acciones e interrelaciones de los “átomos espirituales” (mónadas) creados por Dios.
“Según Leibniz, el espacio es el orden de mutua disposición de la mayoría de los cuerpos individuales, que existen fuera uno del otro y que se limitan mutuamente: el tiempo es el orden de los fenómenos y de los estados de los cuerpos que cambian de uno al otro. Leibniz escribe: ‘En cuanto a mí, he señalado más de una vez que consideraba el espacio como una cosa puramente relativa, al igual que el tiempo, como un orden de coexistencias, mientras que el tiempo es un orden de sucesiones’”[5].
Leibniz no se equivocaba en cuanto a sus conclusiones acerca del espacio, sólo que las extraída desde el punto de vista de su idealismo, dado que para él era únicamente una representación puramente ideal, una abstracción creada por el ser humano. Son correctas, sin embargo, sus apreciaciones acerca de la extensión de los cuerpos, pues afirma que no tiene que hablarse de la extensión de un cuerpo independiente y sí de dos o más cuerpos en relación espacial. Es muy parcial, por otro lado, cuando considera que el tiempo está implicado con la causalidad, es decir, según él, con que la causa sucede primero y la consecuencia luego, sin producción simultánea de causa-efecto, y viceversa.
Son importantes en Leibniz los conceptos de dinamismo y de armonía, y de ahí extrae las conclusiones de que la extensión, por ejemplo, no sucede sino el dinamismo y la armonía o relación entre los cuerpos, que no son sólidos completamente, sino que en sus niveles más pequeños son penetradas por una especie de líquido, queriendo dar la referencia de lo continuo del espacio.