Sin el hombre no existe el espacio geográfico
Reflexiones idealistas del determinismo geográfico
En su análisis de “la Real Geographical Society y el desarrollo de la geografía” T. W. Freeman[1] nos comenta algunos asuntos relacionados con algunas ideas de los geógrafos en la mitad del siglo XX, acerca del determinismo geográfico y del posibilismo, embrollo que ocupa a los geógrafos que no han resuelto científica y teóricamente su objeto de estudio.
Ahí nos dice Freeman: “Puede parecer que en los años ciencuentas los geógrafos estaban tan interesados en sus diferentes estudios programáticos, que pocos tenían tiempo para la especulación filosófica más general. En 1952, O. H. K. Spate revivió el problema del determinismo, posibilismo y probabilismo que había atraído a los geógrafos durante años, y no tuvo temor, como algunos de sus contemporáneos, de discutir cuestiones como el hombre y el ambiente”.
Este miedo es lógico puesto que bien han sabido los geógrafos que dichas discusiones no son genuinamente geográficas, sintiendo que algo les estorba en sus especulaciones, pues eso que les estorba es, precisamente, la definición rigurosa del espacio geográfico, razón por la cual, sin dicha definición y asimilación, se ven obligados a darle vuelta a los asuntos genuinamente espaciales (o espacialistas como dirían algunos físicos y matemáticos).
Más adelante, Freeman[2] nos comenta: “Toynbee puede tratar de minimizar los factores físicos, en tanto que Huntington los recalca, pero en opinión de Spate, ambos cometen la falacia de creer que puede existir algo como el ambiente “tomado en sí mismo”, porque “el mundo sin el hombre no es nuestro mundo, aunque sea el mundo de la geología, la geodesia, la sismología, la geomorfología y otros estudios”. Lo que quiere decir que los geógrafos por algún motivo, sufterfugio nacido de quién sabe dónde, sostienen que el mundo, sin considerar al hombre no existe, posición evidentemente subjetivista, parcial, unilateral. Y sigue comentando Freeman: “Una vez que se ha dejado establecido, hasta llegar a la redundancia, que no existe ningún ambiente humano sin el hombre, todavía es posible creer en el estricto control físico de las actividades humanas”. Y es evidente que Freeman se refiere, mediante el subterfugio “ningún ambiente humano sin el hombre”, a una posición o disertación tan lógica y tan torpe, por evidente, que no tiene ni siquiera carta ciudadana en ninguna ciencia que se precie de serlo.
Aún con la pena, la vergüenza no cabe en ellos, puesto que es una verdadera vergüenza que ellos utilizaron estos conceptos y sigan utilizando, una afrenta de la ciencia geográfica estudiosa del espacio terrestre, rigurosa teoría que no deja lugar a especulaciones idealistas tan torpes. Pero ellos la defienden. Al respecto Freeman nos dice[3]: “Quizás el estudio de Spate puede inducir en algunos geógrafos la idea de que a veces es conveniente, para cualquier investigador, considerar de qué manera su obra encaja dentro de un estudio general más amplio del mundo; preguntarse, por ejemplo, qué puede significar la relación entre el hombre y el ambiente o qué valor puede encontrarse en frase como “el estudio de las distribuciones” –o aún más motivador de debates- qué inspiración mágica puede obtenerse del “concepto regional”, una frase muy respetada en años anteriores. El camino más fácil es el de evitar del todo esas consideraciones, aferrarse a algún concepto que prometa ser útil para la investigación productiva, en especial si es nuevo”.
Freeman, además apunta ideas de Toynbee, al respecto: “La unidad de toda la vida con el mundo inorgánico y orgánico fue la inspiración del avance científico en el siglo XIX, pero éste no es un concepto sencillo, sino más bien un desafío a toda persona pensante, entre ellas al geógrafo que está interesado en todo el mundo, sin importar lo remoto u olvidado que en ocasiones pueda parecer ese interés”.
En definitiva, estas, como otras de las ideas de los geógrafos idealistas, cuando intentan la teoría de su objeto de estudio y de su ciencia no pasan de ser solamente unas argumentaciones muy parciales, unilaterales y alejadas de la propia realidad. Pero los geógrafos idealistas se regodean con dichas teorías como si fueran la panacea, cuando al contrario de solucionar su ciencia la embrollan de tal modo que da pena que sigan en las mismas posiciones retardatarias.