Ocultación del problema gnoseológico fundamental de la Geografía
Geografía dialéctica 6/
Antes de pasar al análisis de las soluciones generales del problema del espacio en la Geografía, ilustraremos uno de los criterios utilizados para ocultar mañosamente este problema.
En la historia contemporánea de la Geografía, particularmente a partir del siglo XIX, en la época en que el conocimiento “en general” fue escindiéndose en ramas relativamente separadas, cuando surgió la necesidad de las definiciones del campo de estudio de cada una de ellas, atenuada en los últimos tiempos por el enorme dominio institucional positivista de corte idealista subjetivo en sus diversas escuelas, se ha dado por un hecho la solución del problema del origen cognoscitivo del conocimiento geográfico. Así, los geógrafos oficiales haciendo creer que “su” Geografía es la única verdaderamente científica y negando cualquier “otra” por muy fundamentada que esté, pasan por alto la teoría y centran su atención en los problemas positivos de su ciencia, en la forma en que los investigadores “hacen” Geografía. Sin llamar la atención del público de que el espacio terrestre es el objeto de estudio de la Geografía y, por lo tanto, de que el problema central de esta ciencia es la relación que guarda éste con el conocimiento geográfico, ocultan impunemente el problema del espacio, el problema entre la materia, su forma espacial y nuestro conocimiento. Y, lo ocultan, no porque se crea que éste ya se haya resuelto parcial o completamente, no porque se crea que su solución teórica esté separada de su solución práctica sino, principalmente, para no descubrir la esencia subjetivista de su teoría del conocimiento.
El problema gnoseológico no existe; lo que se haga, ¡he aquí lo importante! Ir más allá, sin resolver antes el problema clave, no es más que un truco para velar el problema gnoseológico cardinal de la Geografía.
Pero, el espíritu positivista de este tiempo prefiere ver las cosas menos complicadas que ponerse a discutir si una teoría es idealista o materialista, verdadera o falsa objetivamente. Mientras tanto los positivistas modernos se ponen a descubrir, mediante argumentos fuera de la ciencia, el por qué la Geografía no se ha desarrollado como debiera, dada su antigüedad y prestigio. Es el caso, entre muchos seguramente, de una de la geógrafas positivistas mexicanas más prestigiadas a nivel internacional, María Teresa Gutiérrez de MacGregor, quien en su trabajo titulado “Impresiones sobre el desarrollo de la investigación geográfica en México” (para las conferencias de geógrafos latinoamericanos), destaca que a pesar del gran prestigio histórico de la Geografía mexicana, ésta no ha logrado alcanzar los peldaños de la mayoría de las ciencias, utilizando los siguientes argumentos: “…quiero reiterar mi preocupación —escribe— por la actitud del gobierno que parece no haber comprendido [¡!] la importancia que tienen los estudios geográficos. Es imprescindible luchar porque todos los estudios de planeación, que realice el gobierno, participen los geógrafos. Considero que muchos de los problemas que aquejan a México, podrían reducirse con la ayuda de buenas [sic] investigaciones geográficas”. ¡Increíble!, ¿quién no ha comprendido?: pareciera que han leído, han copiado, pero no han entendido nada, pero no es así; lo han entendido tan bien que son especialistas en el engaño y la desinformación.
Es evidente la confusión que causa MacGregor al hablar de una Geografía “suficientemente científica” y echada a perder por un “mal gobierno”. Ello es mentira a todas luces; esconde los problemas más trascendentales de la Geografía, de la Economía y Sociología, los de raíz, no cualquier otros, los internos y no los externos; es un truco literario del neopositivismo. Pero, además, oculta la solución positivista de la Geografía oficial que, en el fondo, es idealista subjetiva, adecuada con los intereses de las clases y grupos dominantes en la economía mexicana, cuyo producto es ese mismo “mal gobierno” que critica.
Cualquier opinión del neopositivista en la Geografía no nos muestra cuál es la naturaleza del conocimiento geográfico, mucho menos enseña cuál es su origen lógico, el fundamento de ese conocimiento. Por ello, para cualquier geógrafo consecuente debe ser fundamental el esclarecimiento, directo y sincero, de cuál es la fuente del conocimiento; tiene que ser así, dado que en la ciencia, como en la vida, es mejor una solución consciente y consecuente de este problema, que una solución oscurantista.