Principio del reflejo
Pedagogía concreta
El principio del reflejo está formulado sobre la base de la solución materialista dialéctica del problema fundamental de la filosofía, en particular de su segundo aspecto. De acuerdo con esta solución, la materia es lo primario, es independiente de la conciencia, en tanto que la conciencia es lo secundario, depende de la materia y está condicionada por ella. El carácter secundario de la conciencia con respecto a la materia se manifiesta, como es sabido, en el hecho de que no existe siempre ni en todas partes, sino que aparece solamente en una etapa particular del desarrollo de la materia, únicamente en las formaciones materiales altamente organizadas. Más aún, es secundaria también porque constituye el reflejo del mundo exterior, una copia de los objetos que realmente existen, de sus propiedades y relaciones. Como reflejo de unos y otros objetos del mundo exterior, no puede existir independientemente de ellos, puesto que lo reflectante no puede existir independientemente de lo reflejado, en tanto que éste si existe de modo independiente con respecto a lo reflectante[1].
Si la materia es primaria con relación a la conciencia, si por existir eternamente, en determinada etapa de su desarrollo engendra la conciencia que, por su contenido y por su forma es reflejo de la realidad que se encuentra fuera de ella, de las cosas realmente existentes, de sus propiedades y relaciones, entonces, en el campo de la educación no se debe partir del pensar, ni de nuestras opiniones subjetivas sobre el proceso educativo, sus instituciones, prácticas, formas, actividades, sino de la naturaleza misma del proceso educativo, no hay que subordinar dicho proceso al pensamiento, sino nuestros pensamientos, ideas, teorías, explicaciones, metodologías a este proceso, no hay que imponer al proceso educativo esquemas subjetivos, una lógica cualquiera de desarrollo, sino inferir esos esquemas del proceso objetivo en la educación reproduciendo en la conciencia, en el movimiento de las imágenes ideales, la lógica de su desarrollo intrínseco. En el aspecto cognoscitivo, en el proceso del conocimiento, este principio y debido a las causas antes señaladas, cuando se investiga o se aprende o se estudia o se descubre o se enseña o se realiza una actividad escolar, no se debe partir del pensar, ni de nuestras opiniones subjetivas sobre lo investigado o estudiado, sino del objeto mismo de su propia naturaleza: no hay que subordinar el objeto al pensamiento, sino el pensamiento al objeto, no imponer al objeto esquemas subjetivos, una lógica cualquiera de desarrollo, sino inferir esos esquemas del objeto reproduciendo en la conciencia, en el movimiento de las imágenes ideales, la lógica de su desarrollo intrínseco.
El principio del reflejo nos indica, nos exige en el terreno de la educación como un todo, que sus explicaciones, sus estrategias, sus objetivos y sus críticas no deben anteponerse al propio proceso real de la educación, sino entenderlas como abstracciones de él, pues no es el proceso educativo lo que se rige por los factores ideológicos, políticos, teórico-científicos, sino que son estos últimos los que se rigen por el primero. Aquéllos tienen razón de ser única y exclusivamente cuando coinciden con el proceso real de la educación. En el proceso del conocimiento del mundo, sobre la naturaleza, la sociedad y la conciencia humana, es preciso observar, al igual que en todo el proceso educativo, la exigencia de objetividad, en la explicación del objeto investigado hay que partir de él mismo, de las propiedades y relaciones que le son inherentes. Así, pues, es preciso ser objetivos y no sólo subjetivos, explicar, estudiar, enseñar y aprender las cosas tal y como son.
La propiedad del reflejo es inherente, en realidad, a toda la materia; la conciencia es la forma superior del reflejo material, y de ningún modo es pasivo, no es un “espejo”. La conciencia constituye la forma superior del reflejo propia del ser humano y surge únicamente en la sociedad sobre la base de la actividad laboral o productiva, que modifica la realidad circundante en beneficio del mismo ser humano. Por eso, al revelar la esencia de la conciencia, no podemos ignorar el hecho de que ésta es un reflejo de la realidad. Un tema distinto sería que dicha caracterización de la conciencia no basta para mostrar su especificidad. Cuando decimos que la conciencia es la forma superior del reflejo de la realidad debemos indicar lo que tiene de particular en comparación con las otras formas del reflejo. Esa particularidad es, ante todo, que la conciencia constituye un reflejo intelectivo de la realidad, la comprensión por el sujeto de su propio ser y de su relación con el medio que está vinculada con el fijarse objetivos y con la actividad encaminante a realizarlos y, a su vez, a la transformación de la realidad; dicho de otro modo, que la conciencia es la condición imprescindible de la actividad creadora. Ninguno de los rasgos mencionados es propio de otras formas de reflejo, anteriores a la conciencia[2].
La conciencia que el sujeto tiene de su ser y de sus relaciones con la realidad circundante no es otra cosa que el reflejo de la realidad, su comprensión de lo que ocurre a su alrededor es posible también gracias al reflejo, gracias al empleo de información consiguiente obtenida como resultado del mismo. Más aún, la fijación de objetivos como función de la conciencia se realiza sobre la base de los datos de que dispone el ser humano acerca de las propiedades y nexos de la realidad circundante, o sea, sobre la base de los resultados del reflejo, además, esa fijación de objetivos refleja las necesidades del sujeto y a la par con ellas, su ser. El hecho de que el reflejo sea una propiedad universal de la materia, lejos de descartar la aplicabilidad del principio, del reflejo al conocimiento humano y a su actividad, lo convierten en un principio imprescindible y fundamental, pues refleja las propiedades y nexos de la realidad y la convierte en exigencias para el sujeto[3].
El ser humano crea y elabora sólo porque la conciencia refleja el mundo objetivo. La conciencia no puede crear, no puede hacer algo nuevo sin reflejar la realidad, sin apoyarse en sus propiedades y nexos necesarios, en las leyes de su cambio y desarrollo, pues todo lo nuevo que incorpora el ser humano a la realidad objetiva, como resultado de la actividad creativa de su conciencia debe subordinarse a las leyes objetivas que existen fuera de la conciencia e independientemente de ella. Toda auténtica creación es el reflejo y la realización en la conciencia y en la realidad de las posibilidades existentes. Si se entiende por actividad creativa de la conciencia la creación de cualquier idea, al margen de si ésta corresponde o no a la realidad, si es realizable o no, entonces el reflejo fiel no ha de ser un aspecto necesario de la conciencia. Pero ese tipo de creación no puede transformar la realidad ni sirve para satisfacer las necesidades de la sociedad. Y si es así, tampoco puede constituir la esencia de la relación humana con la realidad. Lo que caracteriza la relación humana con la realidad es una creación que implica la verdadera transformación de la realidad existente y de las posibilidades concretas que ésta involucra[4].
El reflejo suele ser no sólo inmediato sino también mediato. Cuando se trata de un reflejo inmediato, el objeto debe existir realmente en el momento dado; cuando se trata de un reflejo mediato, el objeto puede no existir realmente en el momento dado. Su reproducción en la conciencia se efectúa en virtud del reflejo de otros objetos que permiten enunciar unos u otros juicios acerca de él. ¿Pero qué hay en los objetos realmente existentes que nos dé fundamento para juzgar acerca de lo que fue y de lo que será? La reproducción en la conciencia de lo pasado y lo futuro en base al reflejo de lo presente es posible porque el pasado existe en forma superada en el presente. Al reflejar la esencia de una formación material, al descubrir las leyes de su funcionamiento y desarrollo, reproducimos de alguna manera el proceso de su surgimiento, las etapas recorridas en su desarrollo, y, a la vez, también los rasgos que le son propios. Más aun, una vez conocida la esencia de una formación material realmente existente, una vez revelados los aspectos y tendencias necesarios que son inherentes a la misma, podemos juzgar qué llegará a ser esa formación en el futuro, en otras condiciones, cómo se modificarán sus propiedades, en qué se convertirá. Y estos juicios nuestros serán verdaderos, reflejarán la situación real[5].
En el mismo plano se resuelve la cuestión acerca de la verdad de los juicios sobre la posibilidad e imposibilidad. El pensamiento acerca de lo posible o lo imposible se funda en el reflejo de la realidad, en sus aspectos y nexos necesarios, en las leyes de su cambio[6].
La conciencia humana jamás alcanzará un punto tal en su desarrollo que llegue a conocer todo hasta el fin, que todo el mundo sea reflejado en la conciencia de los hombres, puesto que la realidad reflejada se modifica permanentemente, se va desarrollando. No hay evolución del conocimiento que pueda transformar la conciencia de un hombre tomado aisladamente en conciencia universal, porque las posibilidades de un solo hombre son siempre limitadas y no está en condiciones de asimilar todo el saber que atesora la humanidad. El aumento del saber, lejos de anular la actividad de los hombres, la intensifica, ya que amplía sus posibilidades creativas y su campo de actividad[7].
Las sensaciones son imágenes subjetivas de las cosas, reproducciones o copias ideales, y no físicas ni materiales. Por ser imágenes subjetivas, es decir, imágenes que existen solamente en la conciencia de los seres humanos, las sensaciones experimentan no sólo la influencia del objeto reflejado, de sus propiedades, sino también del hombre reflectante, dependen no sólo del objeto sino también del sujeto, de sus órganos sensoriales, su sistema nervioso, su estado psíquico. En otras palabras, la sensación es el resultado de la interacción de objeto y sujeto, constituye un manifestarse del objeto al sujeto y, como toda manifestación, al descubrir la esencia del objeto, no coincide con ésta, sino que se diferencia de ella. La sensación expresa la esencia del objeto que actúa sobre los órganos sensoriales del ser humano en una forma no material, sino ideal, subjetiva. De esto deriva que la sensación no puede ser una copia textual, cabal, un reflejo especular exacto de los objetos, sino una reproducción de tales o cuales aspectos y propiedades del objeto, reproducción que es peculiar y variable en dependencia de las particularidades del sujeto reflectante[8].
Debemos entender que la sensación es la imagen subjetiva del mundo objetivo, es decir, entender por subjetividad la pertenencia de las sensaciones al sujeto, esto es, su existencia en la conciencia del ser humano como formaciones ideales. Siendo subjetiva por su forma de existencia, la sensación posee en su contenido momentos que reflejan los aspectos correspondientes del objeto que actúa sobre los órganos sensoriales del ser humano y no depende del sujeto, no depende ni del hombre ni de la humanidad. La presencia de estos momentos objetivos en el contenido de las sensaciones es precisamente la garantía de que la experiencia sensible nos brinda un saber verdadero acerca del mundo exterior, de la realidad objetiva[9].
El principio del reflejo en el proceso del conocimiento, en la teoría del conocimiento, nos precave de considerar el conocimiento sólo del lado del objeto. Es importante este factor, pues los profesores en el proceso educativo e instructivo deben considerar que sólo a través de la práctica, de la actividad cognoscitiva se alcanza éste, que en este proceso de alcanzar el conocimiento se encuentran los sujetos cognoscentes, a quienes se les presenta el mundo objetivo en forma de imágenes subjetivas, dichas imágenes ya existen en su conciencia en diferentes grados de asimilación o fijación, y que los conocimientos nuevos adquiridos se ligarán con aquellas imágenes y se reorganizarán en otro sistema de imágenes ideales que reflejen al mundo objeto de un modo más pleno y profundo. Si la conciencia y una forma de su desarrollo como es el conocimiento son reflejo de la realidad, nuestra posición científica avanzada nos debe obligar a recordar y tener presente no sólo esta ley del conocimiento sino que además debemos hacernos de la exigencia de la objetividad del estudio. Este principio, esta exigencia, es la primordial, la más general y esencial en la teoría del conocimiento científica, y es el principio rector de todos los demás, que contiene a todos los demás principios en forma superada. La objetividad en el estudio no es otra cosa que la consideración de lo que se conoce, del objeto de estudio, en toda su vida real, objetiva, que se refleja en la conciencia del ser humano. No aportarle nada de modo voluntario, según nuestros conocimientos, ni deseos, sino considerarlo tal cual es, reflejando en nuestras teorías y explicaciones sus nexos necesarios y objetivos.
El principio de la objetividad en el estudio, tanto en la creación activa de la escuela humanística más desarrollada, como en el estudio, la educación, la enseñanza, el aprendizaje, incluye en sí no sólo la exigencia de partir del propio objeto, de las leyes de su funcionamiento y desarrollo, sin incorporarle nada de uno mismo, y en los estudios o actividades sociales, que tienen que ver con seres humanos, en los estudios sociales, también, de diferenciar claramente las relaciones materiales e ideológicas, los factores objetivos y subjetivos de reconocer que los factores sociales los factores y las relaciones materiales, objetivos, del ser social son los determinantes, los primarios, y los fenómenos espirituales, ideológicos, de la conciencia social son secundarios, que están condicionados por la vida material de los seres humanos, por sus relaciones económicas. Y, únicamente de este modo concreto, el principio de la objetividad nos puede orientar acertadamente en la cognición de los fenómenos sociales y en nuestra actividad educativa. Esta consideración, este modo de ver el mundo tiene un papel inmenso, es la piedra angular tanto de nuestros conocimientos como de nuestra actividad, la necesidad de deducir las diferentes formas de la conciencia social de las condiciones materiales de la vida de los seres humanos, de la existencia social.
No podemos ignorar los intereses sociales, los intereses de cada una de las clases sociales fundamentales en nuestras sociedades ni cada grupo concreto social, tampoco podemos dejar pasar por alto nuestra propia ideología, nuestra propia concepción del mundo, como si nos situáramos en un peldaño superior a los demás, como si contempláramos el mundo desde fuera. Somos seres sociales, inmersos en una sociedad, y un tiempo histórico concreto. No debemos dejarnos llevar por “los tiempos”, por las “modas” ideológicas novísimas, ni por la pasión o sentimiento particular, tenemos que ser sinceros, directos, a menos que nuestra honestidad no exista y plantear las cosas como son, sin importar si somos vistos como “demonios” dados determinados prejuicios ideológicos. No nos debe apasionar el momento concreto de la historia que vivimos. Así, nos vemos obligados -consciente o inconscientemente- a adoptar la postura de determinado grupo, de una clase determinada y dar una valoración de los fenómenos que suceden o que estudiamos desde las posiciones de una clase o un grupo, es decir -y es mejor que lo hagamos consciente y consecuentemente-, que inevitablemente introduciremos juicios de valor en la teoría, en nuestras explicaciones de tal o cual cuestión social, de tal o cual cuestión pedagógica, y estos juicios poseerán un valor cognoscitivo, y se acercarán mucho más a la verdad objetiva, si cualquiera de nosotros nos apegamos a los intereses de la clase o grupos sociales más interesados por el hallazgo de dicha verdad objetiva, cuando los intereses son progresistas en nuestra época, cuando dichos intereses corresponden con el reflejo pleno, objetivo, del tema que abordamos. Generalmente, la clase más progresista coincide con el interés del hallazgo de la verdad objetiva, aunque no siempre es así, lo importante será, pues, coincidir con que la verdad objetiva no depende de nuestra voluntad, de nuestros intereses, de nuestros deseos ni nuestra conciencia, sino que existe objetivamente, al margen e independientemente de nosotros. La objetividad en el estudio en el conocimiento y nuestra actividad, por lo tanto, presupone la aplicación consciente y consecuente del principio del partidismo, cuya omisión tergiversa la esencia de dicha exigencia de objetividad, la transforma en un subjetivismo que impide lograr un conocimiento verdadero del proceso objetivo abordado[10].
En el mismo sentido, en virtud de que obliga a explicar el objeto partiendo de él mismo, de las propiedades y nexos que le son inherentes, de las leyes de su funcionamiento y desarrollo, el principio de objetividad del estudio incluye el principio de la concreción, que prescribe al sujeto del conocimiento y actividad que tenga en cuenta las particularidades del objeto, las condiciones específicas de su existencia, y que encare los conceptos y principios generales, gracias a los cuales se opera la comprensión del objeto, sólo como guías que indican el modo de penetrar en su naturaleza interior, como medios para reproducir su esencia específica: contenido objetivo del proceso histórico e histórico-natural en el momento concreto dado y en la situación concreta dada[11].
Entonces, no es cualquier principio científico que enunciaremos y estudiaremos, las llaves maestras que se apliquen únicamente de modo general, que no se apliquen concretamente. La solución del asunto concreto se basa en los principios generales pero únicamente si se les enriquece aplicado en las condiciones concretas dadas. La pedagogía concreta, precisamente, es aquella pedagogía que no da soluciones universales acabadas, que nos dice, desde lejos, qué hacer y qué no hacer, sino aquella que guiada por principios rectores de carácter general, pero objetivos, nos indica que debemos resolver concretamente las situaciones educativas reales, directas, en todos y cada uno de los sectores educativos, en cada uno y todos los factores de la educación y en todos y cada uno de los momentos pedagógicos determinados.