La discusión por el movimiento y lo continuo y discreto de la materia
Geografía dialéctica 6/
Preocupación de los primeros filósofos griegos fue el hallazgo de las causas primeras de la materia y la causa del movimiento. Y dentro de estas discusiones estaba contenida la problemática de la estructura de la materia y de la concepción del espacio.
Para Pitágoras (580-500 aNE) el universo es un cuerpo esférico vivo e ígneo que aspira el espacio infinito vacío o aire, cosas que para el filósofo de Samos, son iguales. El vacío penetra en el cuerpo del mundo y separa y configura las cosas.
Para los pitagóricos, según Aristóteles: “El número es el principio de los seres bajo el punto de vista de la materia, así que es la causa de sus modificaciones y de sus estados diversos; los elementos del número son el par y el impar; el impar es finito, el par es infinito; la unidad participa a la vez de estos dos elementos, porque a la vez es par e impar”[1]. Todo ello significa que para los pitagóricos, el mundo es a la vez finito e infinito, discreto y continuo, unidad y diversidad.
Los pitagóricos, y entre ellos Alcmeón de Crotona, señalan la unidad y la lucha de contrarios como causa del movimiento, como el principio de todas las cosas[2]. Así, pues, como se ve, tan importante era encontrar el principio de todas las cosas, como hallar la causa del movimiento. Si se admitía, como admitían todos los antiguos, que la materia era la causa primera, la que se conserva aún con los cambios de las cosas, con sus transformaciones, y no importa si esta sustancia única provenía del agua, del aire, del fuego, de la tierra, o de todos ellos a la vez, cabía la pregunta de cómo se llevaba a cabo este movimiento, estas transformaciones, estos cambios.
Heráclito de Éfeso (530-470 aNE), objetivamente, concibe la dialéctica misma como principio[3]. Este principio, según Aristóteles[4], se expresa en las siguientes importantes palabras: “El ser y el no ser es uno y lo mismo; todo es y no es”[5]. He aquí el planteamiento de la contradicción del ser, de la materia, y lo que despertó las más importantes pugnas entre la dialéctica y la metafísica. Y cómo hay que interpretar esta frase.
Hegel[6] nos dice al respecto: “Cuando escuchamos aquella proposición heraclitiana: “el ser es y no es”, parece que estas palabras no encerrasen un gran sentido, sino solamente un contrasentido, una ausencia total de pensamiento. Pero, ha llegado a nosotros, además, otra expresión, que precisa más el sentido de este principio. Heráclito dice, en efecto: “todo fluye, nada permanece, ni persiste nunca lo mismo”. Y platón dice, por su parte, refiriéndose a Heráclito: este pensador “compara las cosas a la corriente de un río, en cuya corriente no es posible entrar dos veces” (en Cratilo); cada vez que entramos en ella, son otras las aguas. Y sus sucesores llegaron incluso a decir, según Aristóteles (Metafísica IV, 5): “no es posible entrar en ella ni siquiera una vez”, ya que cambia instantáneamente; lo que es también, inmediatamente, otra cosa. Aristóteles, dice, además, que Heráclito había afirmado lo siguiente: “sólo permanece lo uno, y de ello sale por transformación todo lo demás; todo lo demás, fuera de este uno, es algo no permanente””.
En otras palabras, la doctrina de Heráclito se expresa en que lo absoluto es la unidad del ser y el no ser. Todo es materia en movimiento, en incesante devenir; las partes, los objetos y materiales diversos, son formas diversas del movimiento de la materia. Por lo tanto, independientemente de que en su tiempo se le denominara “El oscuro” por sus faltas de atención en la forma de escribir y por la profundidad de su pensamiento, es ciertamente “claro”, en este sentido y sólo en éste, que las cosas son y a la vez no son, pero este ser y no ser no significa que un objeto material al desarrollarse se convierta en “algo” no material, ni que de un momento a otro haya perdido sus propiedades materiales fundamentales de movimiento.
Según Heráclito, la sustancia primaria de la naturaleza es el fuego, elemento más capaz para el cambio y movible. Y al contrario de sus contemporáneos y sucesores él considera el movimiento como movimiento de la naturaleza y no movimiento en la naturaleza. La vida de la naturaleza es un proceso ininterrumpido de movimiento en donde cualquier cosa y propiedad se transforma en su contrario. La unidad de los contrarios es la fuente del movimiento, donde uno se transforma en otro: lo frío se convierte en calor; lo caliente en frío; la vida en muerte, el camino hacia abajo en camino hacia arriba, etc. Por ello, las propiedades de cada cosa son relativas.
Esta última conclusión, consecuencia natural del movimiento real de la naturaleza, que gnoseológicamente indica que al estudiar un objeto es necesario verlo desde el ángulo de sus interacciones con otros, pero a la vez, como tal, necesitaba una explicación a la pregunta de cómo es posible conocer algo que al mismo tiempo es y no es, mientras en algún momento, cuando el pensamiento haya fijado las propiedades de un objeto cualquiera, éste haya dejado de ser tal objeto y se haya convertido en otro.
Esta disertación tiene más peso si se considera que en aquella época el interés primordial estaba centrado en conceptualizar al mundo en su conjunto y cuando las ciencias experimentales no se habían desarrollado, además de que, muchas de ellas ni siquiera habían nacido, contenidas en el saber general de la naturaleza.
Pero, además, estaba otra explicación en el aire. Si es verdad que el mundo está en movimiento como lo comprueban las observaciones, cómo explicar que los objetos se puedan mover unos con respecto a otros. Esto únicamente podía entenderse en base a la hipótesis de que, además de la materia (como sinónimo de cuerpos sólidos), existía el vacío, como condición de movimiento de la materia.
En efecto, el mundo existe y se mueve ininterrumpidamente. Los pitagóricos deducían que lo Uno, el mundo, es lo vacío –lo ilimitado– y las cosas, pero no explicaban por qué lo Uno se conforma de dos “unos”, más que argumentando que el vacío que entra con la inspiración, y la determinación que provoca el Uno al inspirarlo, dan origen a la diversidad de las cosas. Pero, ello no explica que sigan existiendo dos “unos”. El problema se hace más claro en Heráclito. Todo se mueve todo fluye, y la causa de ese movimiento es la lucha de los contrarios; todo es Uno y del Uno procede todo. Pero, si todo es Uno ¿cómo es posible que ese Uno esté en movimiento?
Este sería el planteamiento de la escuela eleática fundada por Parménides (segunda mitad del siglo VI y comienzos del siglo V) en Elea.
El gran principio parmenidiano consiste en lo siguiente: es y es imposible que no sea; no es y es necesario que no sea. El ser es la pura positividad y el no ser, la pura negatividad, siendo cada elemento absolutamente contradictorio con el otro. Si para Heráclito la fuente del movimiento es la contradicción, la unidad y lucha de los contrarios, para Parménides no existe tal contradicción y, por lo tanto, no hay movimiento; el mundo no se mueve. No hay posibilidad de que los contrarios coexistan –existan al mismo tiempo–.
Si para Heráclito todo tiene su contrario, el contrario del ser sería el no ser; el contrario de lo “lleno” sería lo “vacío”. Parménides no compartía tal punto de vista y lo negaba como completamente equivocado. Si hay ser, es necesario que no haya el no ser.
Para Parménides el ser es no engendrado o incorruptible. No es engendrado porque, si lo fuese, o procedería de un no ser –lo que es absurdo, ya que el no ser no es– o bien procedería del ser, lo que es igualmente absurdo, porque entonces ya sería. Por estas mismas razones no puede suceder que se corrompa: el ser no puede llegar al no ser, porque el no ser no es; ni puede avanzar hacia el ser, porque avanzar hacia el ser no es más que ser, y por lo tanto, permanecer.
El ser es un presente eterno sin comienzo ni final. No tiene ni pasado ni futuro dado que, el pasado ya no es y, el futuro, todavía no es. De este modo, el ser de Parménides es inmutable e inmóvil, porque tanto la movilidad como la mutación supone de un no ser hacia el cual tendría que moverse el ser o en el cual debía transmutarse. Así, el ser es todo igual, el ser se abraza con el ser: “no es posible que el ser sea ora más lleno, ora más vacío de lo que es, porque es todo eterno inviolable; igual a sí mismo por todas partes, semejante a la extensión de sus confines, ahí está”[7].
Podemos ver, entonces, que Parménides inauguraba la teoría de la estructura de la materia que podríamos llamar ahora como teoría continua; el mundo es uno y solamente uno, no hay diversidad, “l todo es idéntico a sí mismo”, no es engendrado, es incorruptible, inmutable, inmóvil, igual, uno; los “objetos” están tan cerca unos de otros formando un continuo donde no es posible el movimiento, donde no hay lugar “vacío” para él.
La teoría de la Parménides resolvía el problema de la materia sólo desde un lado, el de la totalidad, pero no desde el lado de las partes, de los fenómenos; resolvía la unidad pero no la diversidad. No obstante, él mismo y sus discípulos realizaron intentos infructuosos por resolver esta segunda cuestión.
Los detractores de Parménides mostraron con ejemplos concretos que las conclusiones de éste eran erróneas. Pero sus discípulos Zenón de Elea (490-43) y Meliso de Samos (siglo V aNE) llevaron al extremo el principio del maestro.
Los argumentos más conocidos de Zenón son aquellos que se oponen al movimiento y al a multiplicidad. Y aunque fueron planteados en el nivel lógico formal, su importancia radica en que fueron estímulos para el desarrollo ulterior de las concepciones filosóficas.
Para los fines que perseguimos en este libro, creemos que los argumentos más importantes son los de Meliso de Samos. Él sistematiza la doctrina eleática, llevando a la mayor consecuencia las conclusiones. En primer lugar afirmó que el ser debía ser infinito –y no finito, como sostenía Parménides–, porque no tiene límites temporales ni espaciales y porque si fuese finito, debía limitar con su vacío, esto es, con un no-ser, lo cual es imposible. Si es infinito, el ser es necesariamente uno, “si hubiese dos, no podrían ser infinitos, sino que uno sería el límite del otro”[8]. A este uno-infinito, Meliso lo calificó de incorpóreo, no en el sentido no material que después introduciría Platón, sino en el de carecer de cualquier figura espacial. Por lo tanto, Meliso confirmaría la teoría continua de la materia, sin saltos, sin vacío, sin interrupción, sin fenómenos.
Sin embargo, y no obstante su importancia, la teoría continua de la materia no resolvía la cuestión de los fenómenos que se mostraban evidentes en la práctica. Por lo pronto, dejó abiertas importantes interrogantes que habría que resolver. El espacio, entonces, o bien era el vacío o era lo lleno; hasta ahora no se había planteado siquiera el problema de que ¡pudiera ser ambas “cosas” a la vez!
[1] Iovchuk, M. T., Oizerman, T. I. y Schipanov, I. Y (Redactores generales). Historia de la filosofía. Editorial Progreso. Moscú, 1980. Tomo 1. Pág. 57.
[2] Castro Díaz-Balart, Fidel. Espacio y tiempo en la filosofía y la física. Edición de ciencias sociales. La Habana, Cuba, 1988. Pág. 59.
[3] Hegel, G. W. F. Lecciones sobre historia de la filosofía. FCE. México, 1977. Tomo I. Pág. 258.
[4] Aristóteles. Metafísica. Esapasa-Calpe Mexicana, SA. Colección Austral. México, 1989. IV, III.
[5] Cfr. Hegel, G. W. F. Lecciones sobre historia de la filosofía. Ob. Cit. Pág. 262.
[6] Ibidem. Pág. 262.
[7] Cfr. Iovchuk, M. T., Oizerman, T. I. y Schipanov, I. Y (Redactores generales). Historia de la filosofía. Ob. Cit. Tomo 1. Págs. 61-62.
[8] Castro Díaz-Balart, Fidel. Espacio y tiempo en la filosofía y la física. Ob. Cit. Pág. 59.