El concepto de espacio en la filosofía de los países del oriente antiguo
Geografía dialéctica
Prácticamente las primeras concepciones sistemáticas sobre el espacio fueron elaboradas por las doctrinas materialistas, inmersas en opiniones más generales, en las filosofías de la India, China, Egipto, Mesopotamia, y fundamentalmente en la Grecia antigua, aproximadamente en los siglos VI y V aNE. Pero, dado que las concepciones griegas de la Antigüedad merecen un tratamiento especial, en este apartado mencionaremos únicamente las concepciones de las filosofías de los países del Oriente antiguo.
La India es uno de los primeros países donde comienza a cultivarse el concepto de espacio a finas del milenio II y comienzos del milenio I aNE. Ya en la colecciones de himnos y plegarias, los Vedas –literalmente, “saber”–, se encuentra el concepto de espacio. Pero es hasta los siglos VII-V aNE, ya entablada la lucha entre los sectores progresistas y los defensores del régimen social de castas con sus concepciones filosófico-religiosas, cuando aparecen escuelas filosóficas que enseñan que cuanto existe en el mundo está compuesto de materia o, como se decían entonces, de cuatro grandes elementos materiales: tierra, fuego, agua y aire.
La idea del espacio era confusa, pues algunas escuelas, a estos cuatro elementos, agregaban un quinto: el éter, más sutil que el aire, que llena todo el espacio. La idea del éter todavía duraría varios siglos en resolverse, pero, por el momento, servía para representar la cuestión de la continuidad de la materia, aspecto separado metafísicamente de la otra cuestión: la discreción –puntualidad– espacial de la materia.
Entonces, el espacio era considerado como una especie de recipiente no sólo de los cuatro grandes elementos materiales (cuerpos), sino también del éter como “sustancia” que llenaba el espacio supuestamente vacío entre los elementos puntuales. El espacio, por lo tanto, existe, como vacío, como no ser, independientemente de la materia, e incluso independientemente del éter. El éter es considerado una especie de sustancia que ocupa los vacíos entre los cuerpos o los cuatro elementos, pero el espacio no tiene más que relación externa con respecto a las sustancias materiales. Pero a la vez, el espacio es una especie de condición para el movimiento de unos elementos a otros, para sus cambios, para sus traslaciones. El espacio es absoluto.
La doctrina de la escuela Lokayata –también llamada Charvaca, porque algunos ataques ateos y antivédicos de esta doctrina se atribuyen al legendario Charvaca– así lo atestigua. Sin embargo, ya se comienza a discutir sobre el problema del éter y, por lo tanto, del problema de la estructura espacial de la materia. Apoyados en el sensualismo materialista de algunos filósofos se pronuncian contra la idea –compartida por la mayoría– del éter como sustancia física única, esto es, no compuesta por partes, eterna, que todo lo llena y es impalpable e imperceptible. Acá ya, de algún modo, es posible que éter se identifique con el espacio, ya no vacío absolutamente, sino compuesto por sustancia, no obstante el espacio no son los cuerpos o los elementos, ahora podría ser el éter.
Esta discusión es fructífera pues contiene los gérmenes de la doctrina del atomismo y la que sostiene la estructura continua de la materia: doctrinas fundamentales en todas las discusiones filosóficas subsiguientes.
Y, es claro. Si predominaba el sensualismo materialista, que explica que la propiedad de la materia es darse en las sensaciones del ser humano, todo lo que no es dado a las sensaciones, como el éter, no existía; y, por lo tanto, el espacio es o ya el vacío recipiente de los cuerpos o elementos, lleno en algunas de sus partes por ellos y quedando vacío en otras. Pero el espacio no se siente, no se da a los sentidos ya que el vacío no se da así, dado que la idea de vacío implica no lleno de materia, la que sí se manifiesta en los órganos sensoriales, por lo tanto, la idea de espacio vacío lleva esa contradicción, y no es más que una suposición del movimiento de los elementos, de los cuerpos, y supuesto sensorialmente a través de dichos movimientos.
Otra escuela india, Sankhya, que surge aproximadamente en el siglo VII aNE, concibe que el mundo está compuesto de materia o prakriti. Prakriti existe objetivamente, es eterno, no ha sido creado por nadie y es causa de sí y de todas las cosas del mundo: árboles, tierra, agua, etc. Ya existen los primeros intentos por estudiar este principio material como materia en movimiento en el espacio y en el tiempo. Sin embargo, este “en” el espacio y “en” el tiempo, a pesar de que el tiempo y el espacio se conciban como propiedades del prakriti, es la propiedad de la materia que existe en estos dos recipientes vacíos.
Como se puede observar, el desarrollo de las ideas filosóficas sobre la materia está ligado a las concepciones sobre el espacio, sobre todo con la concepción atomista. Dos, de las seis escuelas ortodoxas, Nyaya y Vaiseshika, cercanas al materialismo, se caracterizan por pasar de las representaciones concreto-sensibles sobre la materia a la tesis de la estructura atómica.
Según la doctrina Nyaya, existe el universo material, compuesto de átomos, cuya combinación forma todos los cuerpos.
Por su parte, la escuela Vaiseshika, afín a la escuela Nyaya, en su origen –siglos VI-V aNE fundada por Kanada–, también fue una doctrina del ser y una teoría del atomismo.
Particularidad característica del Vaiseshika en su doctrina atomista es la admisión de una diferencia cualitativa entre los átomos. La sustancia, una de las categorías de todo lo que existe, es el fundamento de la calidad de las cosas. Hay nueve clases de sustancias: cinco de ellas son elementos físicos: tierra, agua, luz, aire y éter, ya que están dotados de propiedades físicas y son perceptibles por los sentidos.
Todas las cosas compuestas se reducen a cuatro clases de átomos: de tierra, agua, fuego y aire. Los átomos son eternos ya que no han sido creados y son indestructibles por no tener partes. Sus combinaciones no son eternas. Los átomos existen en el espacio –por supuesto, vacío– y sus dimensiones son absolutamente pequeñas. Estas dimensiones son imperceptibles. Los átomos se distinguen cualitativamente unos de otros. Aquí, se presenta una de las primeras contradicciones del materialismo antiguo representado por el atomismo incipiente, pues compone lo extenso de “partículas” inextensas, contradicción que no tardará en despertar la crítica de materialistas y, fundamentalmente, de filósofos idealistas.
Con respecto a la sustancia física éter, ésta posee propiedades espaciales. Su cualidad específica –el sonido– es perceptible, pero el éter mismo no puede ser percibido, razón por la cual no podemos conocer directamente su existencia sino por medio de una deducción lógica. Sin embargo, un rasgo importante de esta doctrina es la concepción de que el éter no es de naturaleza atómica, pero es lo que combina a los átomos en los objetos y fenómenos, y que llena el espacio interatómico. Esto significa que el éter es introducido, aunque no se le perciba, como un “algo” que bien sirve para “llenar” la vaciedad del espacio interatómico; de donde se sigue que, intuitivamente, el espacio real no es vacío ni el “ocupado” por los cuerpos ni el que no lo está.
En estas épocas se notan aún los rasgos sobre la concepción del espacio dónde para acomodar el movimiento de los cuerpos (única materia) se requiere de un vacío, pero resulta que entre los cuerpos hay “algo”, el éter, algo así como confundirlo con el aire (de ahí su cualidad de sonido), y no se atina a completar dichas contradicciones. El éter o como se le llamara es algo (no en forma de cuerpos sólidos), pero también es materia; los cuerpos sólidos son materia, y por lo tanto, lo que está entre ellos también lo es, entonces, ¿y el espacio? Claro, en aquellas épocas, no pudo llegarse a la conclusión de que el espacio es una propiedad de la materia continua y discontinua o discreta, facultad de lo sólido o no de comportarse espacialmente: localizarse, distribuirse, poseer una figura, poseer dimensión, extensión, etc.
Sin embargo, el Vaiseshika enseña al espacio como una sustancia sí, pero no física. En virtud del constante movimiento de los átomos, el mundo, existe en el tiempo, el espacio y el éter, se crea y se destruye periódicamente.
De acuerdo con otra doctrina india antigua, el jainismo primitivo –fundada en el siglo VI (¿IX-VIII?) aNE por Vardhamana o Mahavira (“el gran héroe”) –, el mundo se compone de sustancias de dos clases de propiedades esenciales y accidentales.
Las propiedades, o características esenciales, pertenecen a la sustancia mientras que existe y son las que le dan su esencia inmutable y su permanencia. Pero además de las propiedades esenciales la sustancia posee rasgos accidentales, esto es, propiedades que vienen y van, y que son las que aseguran la mutabilidad constante y sus modificaciones (acordémonos del movimiento y el reposo). Así, la realidad de la sustancia se caracteriza por tres factores: inmutabilidad, nacimiento y destrucción. El mundo se compone de cuerpos que nacen, existen (permanecen) y desaparecen (se transforman en otros). Estos cuerpos o sustancias se dividen en extensas e inextensas. A esta última sólo pertenece el tiempo. Las extensas son de dos tipos: vivientes y no vivientes. De este modo se llega, en el jainismo, a la consideración de que entre las sustancias no vivientes están la materia y el espacio, condiciones de movimiento y de reposo.
La materia –variedad de ajiva– es sustancia eterna; puede adoptar cualquier forma. Los objetos de la naturaleza, incluyendo la inteligencia, el lenguaje, la respiración, etc., a excepción del alma y el espacio, son productos de la materia que es atomaria.
Finalmente, sólo nos resta la consideración de algunos rasgos de las filosofías de la China antigua, de Egipto y Mesopotamia. Sin embargo, debemos señalar que en comparación con las concepciones elaboradas en la India antigua, éstas son más incipientes e inmaduras.
Aquí, son dignas de mención las ideas chinas de los siglos IX y VIII aNE, sobre los elementos primarios del mundo en cinco principios materiales: agua, fuego, madera, metal, tierra. Asimismo, la tesis de la sustancia material (tsi), que recuerda el aire o el éter, aparecidas en el “Libro de los cambios” en los siglos IX y VIII aNE. Se pueden hallar elementos dialécticos del materialismo chino en la doctrina taoísta de Lao-Tse (siglos VI-V aNE), con respecto a la materia y ss formas fundamentales de existencia: movimiento, espacio y tiempo.
Por su parte, lo característico de las concepciones del espacio en Egipto y Babilonia es que son empíricas. Entendible si tomamos en cuenta que en dichos países se dan los primeros pasos de la ciencia: Astronomía, Cosmología, Cosmografía, Matemáticas, Geografía y otras. Nada más hay que ver el tipo de ciencias que aparecen en Egipto antiguo, por ejemplo. Todas ellas, de un modo u otro, tiene que ver con el estudio del espacio, ya terrestre, ya cósmico, ya de escalas propias al ser humano (Agrimensura, Geometría, etc.).
En dichos países, menos que en China y mucho menos que en la India, la filosofía, el pensamiento abstracto, es desarrollado espontáneamente. Sin embargo, los escritos egipcios plantean ya, en forma ingenua, el problema del fundamento material de los fenómenos naturales, lo mismo que el problema del espacio. En ellos se menciona el agua fría como origen de todos los seres vivos, y el aire que llena el espacio y “se halla en todas las cosas”.
En suma, la característica esencial de este periodo histórico, por lo que respecta al problema del espacio, a su concepción, es su elaboración concreto-sensible.