Estructura de la materia en la atomística y en el continuismo

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Estructura de la materia 2/

La divisibilidad de la materia y la atomística en la Antigüedad
Por José C. Martínez Nava

 

En la Antigüedad, en la Grecia antigua, acerca de la estructura de la materia cabían dos posibilidades, luego de la enunciación de los principios del mundo: bien reconocer que la materia tenía una constitución homogénea y continua, y entonces cada una de sus partes, por pequeña que fuese, poseía las mismas propiedades que las de mayor magnitud, bien admitir que estaba fraccionada en numerosas formaciones, cada una de las cuales poseía propiedades distintas que las de los cuerpos habituales.

 

La primera concepción, la continuista, se admitía la existencia constante de unas y las mismas propiedades por mucho que se adentrase en la estructura de la materia; la segunda concepción, por su parte, proclamaba la multiformidad del universo y autorizaba explicar la aparición de cualidades como resultado de combinaciones de los elementos primario de la materia. Esta última teoría desembocó en la teoría atomista de la materia.

 

Tal vez de modo simultáneo dicha teoría apareció no sólo en la Grecia antigua, sino también en China e Indias antiguas. Por ejemplo, el filósofo de la India antigua, Kanada, expuso que los átomos de las sustancia elementales son increadas e indestructibles; son inextensos y sólo en sus diversas combinaciones forman cuerpos extensos. En la filosofía de la Grecia antigua, el primero en exponerla fue Anaxágoras (hacia 500-428 aNE), quien consideraba que la materia estaba constituida por elementos primarios, infinitamente pequeños, que denominaba semilla de las cosas. Por insignificante que sea una partícula, encierra en sí todo un mundo, en cada una hay ciudades pobladas de gente, campos labrados, brillan el sol, la luna y las estrellas, lo mismo que nuestra Tierra.

 

“Leucipo (años 500-440 aNE) y Demócrito (hacia 460-370 aNE), fundadores del atomismo griego, mantenían distinto criterio sobre la estructura de la materia. A diferencia de Anaxágoras consideraban que la materia es divisible, pero hasta cierto punto nada más; y los últimos elementos, los átomos, poseen propiedades distintas a los de los cuerpos grandes. Son impenetrables, absolutamente sólidos y se distinguen únicamente por su forma. En el espacio infinito existen incontables mundos formados por cantidades inconmensurables de átomos. A Demócrito se le debe la hipótesis de que la Vía Láctea está formada por infinitas estrellas, tan alejadas de nosotros que su luz se funde con un continuo y tenue resplandor; por analogía, dice que otros entes que parecen continuos están constituidos en realidad por numerosos cuerpos discretos. La arena del mar vista de lejos parece una masa continua, pero de hecho está formada por un número ingente de arenillas. Y es muy natural suponer que también el agua del mar está constituida por partículas aún más pequeñas”[1].

 

Sin embargo, pese a la insignificancia de sus dimensiones, los atomistas sabían diferencias del punto geométrico y el físico. Argumentaban que los átomos no son puntos geométricos (inextensos), sino cuerpos extensos (continuos). Ellos flotan continuamente en el espacio vacío y al chocar entre sí forman todos los cuerpos. Por lo tanto, un hecho sobresaliente de sus opiniones es la consideración del vacío como condición de existencia y movimiento de los cuerpos, pues el vacío sería imposible si la materia llenase todo el espacio.

 

El atomismo no fue una simple conjetura, sino que Demócrito, al igual que sus discípulos Epicuro (siglo III aNE) y Lucrecio Caro (siglo I aNE) demostraban la realidad de los átomos con ejemplos observables. El atomismo luchaba en contra de la teoría de la continuidad infinita de la materia, por eso para ellos no era importante ir más allá de los átomos y penetrar más profundamente en si los átomos estaban compuestos por otros más pequeños indivisos, ya que con ello coincidirían con la teoría opuesta, de la estructura continua de la materia. Por supuesto ello acarreaba una contradicción que los eleáticos (siglo V aNE) se empeñarían en combatir, rebatiendo los puntos de vista de este atomismo con profunda lógica.

 

Para los eleáticos, promotores de la estructura continua de la materia, los cuerpos por pequeños que sean, pueden, en principio, ser divididos en partes y, por lo tanto, siguiendo esta lógica del razonamiento, se deduce la posibilidad potencial de una división infinita de la materia, cosa que ya es corroborada en la actualidad, apenas llegando a partículas elementales como el quark. Parménides y Zenón fueron los principales promotores de esta cosmovisión en la estructura de la materia.

 

Zenón (hacia 490-430 aNE), en sus razonamientos, “partía de dos premisas fundamentales, que eran aceptadas como evidentes por la filosofía de aquel entonces: 1) La suma de un número infinitamente grande de magnitudes finitas y extensas, por pequeñas que sean, constituye una magnitud infinitamente grande; 2) La suma de cualquier número de magnitudes inextensas, por grande que sea, es igual a cero. ‘Si un objeto no tiene magnitud –decía Zenón-, es que no existe’.

 

“De esas premisas se deduce que si al final de la infinita división de la materia quedaban partículas inextensas, imposibles ya de dividir, en modo alguno podían formarse con ellas cuerpos extensos. Una suma de ceros, por grande que fuese su cantidad, siempre es cero. Por consiguiente, los cuerpos corrientes, constituidos por elementos inextensos, no tendrían existencia espacial, cosa que se contradice con la realidad. Por otra parte, si consideramos que al final de la división infinita hay partículas extensas –y su número ha de ser infinitamente grande, ya que la divisibilidad de la materia se considera ilimitada-, entonces, según la primera premisa, el volumen del cuerpo constituido por esos elementos será infinitamente grande. Pero en tal caso, en todo el universo sólo podría existir un cuerpo, ya que ni siquiera cabrían dos”[2].

 

En sus aporías famosas, Zenón se basaba en esos principios aceptados entonces, pero inexactos. Por ejemplo, brillante aunque erróneo, demostraba la inexistencia del movimiento, en su aporía de la flecha. Si se consideraba que el movimiento es un proceso durante el cual un cuerpo que se mueve se encuentra primero en un lugar, luego en el otro, más tarde en un tercero y así sucesivamente, se podría afirmar que se trata de una suma de posiciones consecutivas del cuerpo en diversos puntos, es decir, de una suma de momentos de reposo. Pero los momentos de reposo jamás producen movimiento porque una suma de ceros, por enorme que sea,  siempre será cero. Este planteamiento inexacto y antidialéctico, por supuesto que sirvió como modelo para la solución de otros problemas físicos del movimiento, pero no servía para negar al movimiento, ya que el movimiento es una unidad dialéctica de movimiento y reposo, de continuidad y discontinuidad.

 

Estas contradicciones en que cae toda concepción unilateral, metafísica, es resuelta según la realidad dialéctica, pero fue hasta la aparición del materialismo dialéctico que se resolvió definitivamente. Sucede que el espacio y el tiempo no son únicamente el conjunto de un número incontable de puntos y momentos; ellos poseen además continuidad, son la unidad de lo continuo y lo discontinuo, y eso es lo que posibilita el movimiento. Por eso no se pueden separar espacio, tiempo y movimiento. Decía Lenin al respecto: “El movimiento es la esencia del tiempo y del espacio. Dos conceptos fundamentales expresan esa esencia; continuidad (infinita)… y ‘puntualidad’ (= negación de la continuidad, discontinuidad). El movimiento es la unidad de la continuidad (del tiempo y del espacio) y de la discontinuidad (del tiempo y del espacio). El movimiento es una contradicción, es una unidad de contrarios”[3].

 

En realidad las teorías de la continuidad absoluta de la estructura de la materia, planteada por los eleáticos, y la teoría atomística, conforman una unidad teórica de contrarios dialécticos. Ambas teorías están en lo correcto y están equivocadas por separado. Se requiere de ambas para explicar la estructura continua y discontinua, finita e infinita de las propiedades de la materia, de su movimiento, del espacio y del tiempo. No obstante, en las ideas que surgieron a partir de la Antigüedad prevaleció por ser más lógico y fácil de demostrar la teoría atomística, misma que se desarrolló hasta nuestros días.



[1] Meliujin, S. El problema de lo finito y lo infinito. Editorial Grijalbo. México, 1960. Pág. 19.

[2] Ibídem. Pág. 21.

[3] Citado en Ibídem. Pág. 24.

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